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Libros Por Eduardo González Calleja.
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Esta breve autobiografía es una confesión redactada por el antiguo comandante de Auschwitz tras su detención por los británicos en marzo de 1946 y su entrega a las autoridades polacas a fines de mayo para ser juzgado por crímenes de guerra y ser ahorcado un año más tarde en su propio campo de exterminio. La introducción del malogrado Primo Levi vale por todo un tratado sobre la maldad burocratizada, y resulta mucho más reveladora que el anodino texto de Höss, a mitad de camino entre el informe pericial y la autoconmiseración sentimentaloide.
Con las precauciones con que se debe acoger la veracidad de su testimonio, éste plantea una vez más el dilema sobre cuál es la mejor explicación (la de orden estructuralista o la intencionalista) del terror nazi. Según Levi, Höss era un mediocre funcionario del partido, al que se había adherido en 1922, que, desde su infancia en el seno de una familia católica imbuida de moralismo victoriano y mentalidad militarista, mostraba una inclinación obsesiva por el orden y la disciplina. Las especiales circunstancias de la Alemania de la época le dieron ocasión de exhibir una despiadada brutalidad adquirida durante la Guerra Mundial y en la lucha con los Freikorps en el Báltico, donde en 1919 se conmovía ante los cadáveres carbonizados de mujeres y niños, ya que «me parecía entonces que la locura destructiva de los hombres había alcanzado su paroxismo». No fue así.
Fanatismo político. Sus «habilidades» organizativas en el sistema concentracionario nazi tuvieron origen en su propia experiencia carcelaria, ya que de 1923 a 1928 purgó pena por un asesinato político. Esta mezcla inquietante de fanatismo político, inclinación a la violencia y frío tecnicismo represivo le convirtió en uno de los mayores criminales de la Historia. Pero Höss no era un sádico o un enfermo mental, sino un probo funcionario, estimulado en su celo hasta el último extremo por el engranaje sectario y jerarquizado de las SS, que se basaba en los ascensos, el reconocimiento social y la obediencia incondicionada a sus superiores. Como decía su mentor Theodor Eicke, «sólo una cosa debe contar, la orden dada».
Höss se empeña en retratarse como un «blando» que se había acostumbrado al uniforme de las SS y que nunca cuestionó su juramento de fidelidad. En la administración del campo de Dachau se mostraba sensible a los castigos corporales, lo que explicaría su búsqueda desesperada de «remedios» más asépticos. Enfundado en su papel de «experto», se detiene con frialdad de entomólogo en la descripción de las diferentes categorías de prisioneros y en su comportamiento asocial e incluso patológico, que justifica poniendo ejemplos extremos: destaca el fanatismo de los Testigos de Jehová (como contrapunto al ideal de las SS), la antropofagia de los rusos, la inclinación delictiva de los gitanos o la depravación e insolidaridad de los judíos, y condena la homosexualidad como una enfermedad. Tal volumen de prejuicios simplistas, que parecen elaboradas desde lo alto de la torre de vigilancia, contrastan fuertemente con las visiones a ras de suelo realizadas por el propio Levi en Si esto es un hombre o por el sociólogo y politólogo Eugen Kogon en Der SS-Staat.
Gaseamiento de niños. Nombrado en mayo de 1940 comandante del campo de concentración de Auschwitz (donde estuvo tres años y medio), Höss asegura haberse debatido entre enormes dificultades. Censura tanto la incapacidad de los funcionarios (con quien no entabló ninguna relación amistosa y a los que reprochaba más la falta que el exceso de celo) como la ausencia de apoyo material por parte de sus superiores, que le ordenaron que se «arreglase como pudiera». Su respuesta fue previsible: «obsesionado con mi trabajo, no quería dejarme vencer por las dificultades: era demasiado ambicioso para ello. Cada nuevo obstáculo no hacía sino estimular mi afán». Y en ese exceso de afán y de celo, sumergido en los problemas de un campo que no dejaba de crecer, y presionado por las exigencias de avanzar en la «acción judía» (esto es, el exterminio), ideó la ejecución con Cyclon B de prisioneros rusos, obra cumbre de la matanza aséptica e industrializada. Pasma la tremenda frialdad con que describe, «sobrecogido de piedad» a posteriori, el gaseamiento de mujeres y niños sin hacerse ninguna pregunta en el camino de vuelta a su propio hogar.
Frío ejecutor. Todo ello nos brinda sin quererlo un estremecedor relato de la situación apocalíptica que se vivía en estos campos superpoblados, realizado por un «experto» al que sólo preocupaba la eficacia productiva, y que no acabó de comprender que sus superiores (a cuya semblanza dedica varios anexos muy reveladores de su catadura, desde el ordenancismo de Himmler al carácter obsesivo de Eichmann, la pomposidad de Globocnik o la inflexibilidad a la antigua usanza de Eicke) no deseaban mejorar las condiciones de habitabilidad de Auschwitz para que la letalidad se viera incrementada con su indiferencia.
Höss mantuvo la lógica de la obediencia debida hasta el último suspiro del Reich: «siempre esperamos ser empleados en las últimas pulgadas de territorio todavía libre de Alemania». Pero, faltos de prisioneros a quienes masacrar, Himmler les ordenó esconderse en el seno de la Wehrmacht y la Marina. Esto marcó el final de un hombre que no fue un sádico cruel, sino un brutal y frío ejecutor.
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